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ARPANET: La Red que No Se Diseñó para la Guerra Nuclear

El 29 de octubre de 1969, un «LO» accidental entre UCLA y el Stanford Research Institute inauguró ARPANET. No nació para sobrevivir a una guerra nuclear, sino para compartir ordenadores, y su destino lo decidieron las reglas sobre quién podía usarla. ¿Qué enseña hoy a quien diseña infraestructuras o invierte en ellas?

No nació para sobrevivir a una guerra nuclear, sino para compartir ordenadores. Y su destino lo decidieron menos los ingenieros que las reglas de quién podía usarla.


Introducción

La noche del 29 de octubre de 1969, un estudiante de posgrado de UCLA llamado Charley Kline se puso unos auriculares de teléfono. Al otro lado de la línea, a más de 500 kilómetros, Bill Duvall esperaba frente a un ordenador del Stanford Research Institute (SRI). Kline tecleó una «L». Duvall confirmó que la había recibido. Luego una «O». También llegó. Con la «G», el sistema se colgó.

Así, con un «LO» accidental, empezó ARPANET, la red de la que nacería internet. El jefe del laboratorio, el profesor Leonard Kleinrock, recordaría años después que no tenían ni cámara ni grabadora. Lo único que queda de aquella noche es una anotación en un cuaderno de registro.

La historia suele contarse como la de una red militar diseñada para resistir una guerra nuclear. Es un mito. ARPANET nació para algo mucho más prosaico: que unos investigadores pudieran compartir ordenadores caros. Y lo que decidió su destino no fue tanto la técnica como una serie de decisiones públicas: quién la pagaba, quién podía usarla y cuándo se entregó al mercado.

En este artículo recorremos esa historia, de un despacho del Pentágono con tres terminales al apagado silencioso del último troncal público en 1995. Y extraemos lo que enseña a quien diseña infraestructuras o invierte en ellas.


Orígenes

El Mundo Antes

A mediados de los sesenta, un ordenador ocupaba una sala, costaba una fortuna y hablaba su propio idioma. La agencia de investigación del Pentágono, ARPA, financiaba a grupos universitarios de todo el país. Cada uno quería su propia máquina, y a menudo ARPA acababa pagando dos veces lo mismo.

Bob Taylor, que dirigía la oficina informática de ARPA, vivía el problema en su despacho. Tenía tres terminales, cada uno conectado a un ordenador distinto: uno en el MIT, otro en Berkeley y otro en Santa Mónica. Para pasar de una máquina a otra había que cambiar de silla. Taylor quería un solo terminal que llegara a todas. «Esa idea es ARPANET», resumiría después.

La red telefónica no servía para eso. Funcionaba por conmutación de circuitos: cada llamada reservaba una línea entera de principio a fin, como una carretera cortada para que pase un solo coche. Para la voz era perfecto. Para los datos de un ordenador, que llegan a ráfagas con largos silencios, era un despilfarro.

El Momento del Descubrimiento

La alternativa ya existía en papel. En 1964, Paul Baran, ingeniero de la RAND Corporation, publicó un estudio sobre cómo mantener comunicadas cientos de estaciones militares después de un ataque nuclear. Proponía una malla sin centro, con mensajes troceados en bloques y «redundancia» para resistir «ataques enemigos» intensos. En el Reino Unido, Donald Davies llegó a una idea parecida en el Laboratorio Nacional de Física y la bautizó con la palabra que se quedaría: paquete.

Aquí nace el malentendido. Las ideas de Baran sí pensaban en la guerra nuclear; las de ARPA, no. Charles Herzfeld, director de ARPA entre 1965 y 1967, lo dejó claro: ARPANET no se creó para construir un sistema de mando que sobreviviera a un ataque nuclear. La propia Internet Society, fundada por los pioneros de la red, lo califica de rumor falso.

En febrero de 1966, Taylor entró en el despacho de Herzfeld y le pidió un millón de dólares. «Le dije: ‘Claro'», recordaba Herzfeld en una entrevista de 2007. Taylor presumía de que la decisión había llevado veinte minutos; Herzfeld lo dudaba: según él, fue menos.

En 1967, Larry Roberts, contratado por Taylor, presentó el plan. En enero de 1969, la consultora BBN, de Cambridge (Massachusetts), ganó el contrato para construir las piezas clave. El 30 de agosto llegó la primera a UCLA. Dos meses después, Kline tecleaba su «L».

La Innovación Técnica

ARPANET tenía dos ideas centrales. La primera, la conmutación de paquetes: el mensaje se trocea en bloques, cada uno con su dirección, que viajan por separado y se reensamblan en destino. Es como enviar un libro en postales numeradas: cada una puede ir por un camino distinto, y el destinatario las ordena al final.

La segunda era un intermediario. Cada ordenador se conectaba a un pequeño ordenador dedicado, el IMP (procesador de mensajes de interfaz), que solo sabía recibir bloques y reenviarlos. Funcionaba como un cartero de barrio: no lee las cartas ni le importa quién las escribe, solo sabe a qué calle llevarlas. Gracias a él, máquinas de fabricantes incompatibles podían hablar entre sí sin cambiar por dentro.

No había un centro de control. Cada nodo recalculaba sus rutas con frecuencia según el tráfico. Si un enlace fallaba, los paquetes buscaban otro camino. La resistencia a los fallos no era el objetivo de ARPA, pero venía incluida en el diseño.


Mejoras Generadas

Impacto Inmediato

El 5 de diciembre de 1969, la red ya unía cuatro nodos: UCLA, SRI, la Universidad de California en Santa Bárbara y la Universidad de Utah. Al año siguiente se añadía aproximadamente uno al mes. En agosto de 1972 eran 29.

Las reglas de la red nacieron con un tono inusual. En abril de 1969, Steve Crocker, estudiante de UCLA, redactó el primer documento técnico del grupo y lo tituló «petición de comentarios» (RFC, por sus siglas en inglés). Advertía de que casi nada de lo escrito era firme y de que se esperaban reacciones. Esa costumbre de proponer en abierto, sin jerarquía, sigue rigiendo hoy los estándares de internet.

El uso estrella no estaba en el plan. A finales de 1971, Ray Tomlinson, ingeniero de BBN, escribió un programa para enviar mensajes entre ordenadores de la red. Para separar el usuario de la máquina eligió la arroba. En pocos años, el correo electrónico se convirtió en uno de los usos más populares de ARPANET, algo que nadie había previsto.

En octubre de 1972, Bob Kahn organizó una demostración pública en una conferencia en Washington, con unas cuarenta máquinas conectadas. Los visitantes jugaron al ajedrez a distancia y vieron simulaciones de tráfico aéreo. En 1974, la red ya movía más de tres millones de paquetes al día.

Evolución a Largo Plazo

ARPANET tenía un límite: solo hablaba consigo misma. Kahn y Vint Cerf diseñaron entre 1973 y 1974 un lenguaje común para conectar redes distintas: TCP/IP, el protocolo (conjunto de reglas de comunicación) que hoy usa cualquier dispositivo conectado. Su principio era la «arquitectura abierta»: cada red conserva su diseño interno y ningún organismo controla el conjunto.

En 1977 hicieron la prueba de fuego. Un mensaje salió de una furgoneta en la bahía de San Francisco, cruzó Estados Unidos y viajó por satélite hasta Londres y de vuelta, atravesando tres redes distintas. El 1 de enero de 1983, ARPANET abandonó su protocolo original y adoptó TCP/IP en un solo día. Poco después, los sitios militares se separaron en una red propia, MILNET.

El relevo civil llegó con la National Science Foundation (NSF), la agencia federal que financia la ciencia básica. En 1985 lanzó NSFNET para unir sus centros de supercomputación y exigió TCP/IP a todos. La demanda desbordó las previsiones: en 1989 transportaba más de 500 millones de paquetes al mes, un 500 % más que un año antes. ARPANET, ya redundante, se cerró en 1990.

Según el registro de Robert Zakon, la red pasó de 213 ordenadores conectados en 1981 a 10.000 en 1987 y a más de un millón en 1992.

Transformación Social

El cambio decisivo no fue técnico, sino de reglas. NSFNET tenía una política de uso aceptable que prohibía cualquier uso que no sirviera a la investigación o la educación. El comercio estaba vetado.

La prohibición tuvo un efecto que nadie buscaba. Las empresas que querían conectarse construyeron sus propias redes privadas, como PSI y UUNET. En 1991 crearon un punto de intercambio comercial, y en 1992 el Congreso permitió a la NSF admitir tráfico comercial. Cuando llegó el momento de privatizar, ya existía un mercado de proveedores dispuesto a recoger el testigo.

La NSF invirtió unos 200 millones de dólares en NSFNET entre 1986 y 1995. Después diseñó su propia desaparición: repartió el tráfico entre varios puntos de interconexión gestionados por empresas como Sprint. A medianoche del 30 de abril de 1995 se apagó el troncal público. Un ingeniero lo resumió así: la red «se fue, sobre todo, en silencio».

El economista Shane Greenstein, de la Universidad Northwestern, concluyó en 2001 que la comercialización fue más fácil de lo previsto y generó usos que nadie había anticipado. Pero añadía un matiz honesto: la NSF tuvo suerte. Su retirada coincidió con el despegue de la web, que prosperó en un mercado descentralizado.


Voces Críticas

Críticos Contemporáneos

La oposición más dura no vino de los pacifistas, sino de los monopolios. Cuando Baran presentó su red a AT&T, que controlaba la telefonía de Estados Unidos, la compañía la rechazó. A principios de los setenta, Roberts ofreció a AT&T gestionar ARPANET. Volvió a negarse.

En Europa, la resistencia llegó por la vía de los estándares. Las telefónicas estatales preferían redes que imitaran sus líneas, con circuitos reservados. En 1976 impusieron su norma, X.25. El proyecto francés Cyclades, de Louis Pouzin, cuyas ideas inspiraron a Cerf y Kahn, perdió la financiación entre 1975 y 1978. Según el historiador Andrew Russell, Pouzin había criticado abiertamente a los monopolios telefónicos.

Hubo también críticas por el origen militar. En 1975, el periódico estudiantil del MIT informó, citando a antiguos oficiales de inteligencia, de que expedientes del Ejército sobre ciudadanos se habían transmitido por ARPANET. Eran archivos que el Congreso había ordenado destruir. La acusación se apoyaba en fuentes anónimas, pero alimentó un temor que no ha desaparecido: una red que conecta también facilita vigilar.

Consecuencias No Intencionadas

ARPANET se pensó para una comunidad pequeña que se conocía y confiaba en sí misma. Eso dejó huecos. En mayo de 1978, un comercial de la empresa informática DEC envió publicidad a unas 400 direcciones. El responsable de la red en el Departamento de Defensa lo calificó de «violación flagrante»: la red era solo para asuntos oficiales. Fue el primer correo basura.

La seguridad tampoco estaba en el diseño. En noviembre de 1988, el gusano de Morris, un programa que se copiaba solo de máquina en máquina, infectó unas 6.000 de las 60.000 que había en la red. Décadas después, Cerf admitió que no prestó suficiente atención a la seguridad. Y que creyó que 32 bits bastarían para las direcciones, un cálculo que llevó a agotarlas.

La privatización trajo otro riesgo: la concentración. En 1998, el Departamento de Justicia de Estados Unidos solo autorizó la fusión de WorldCom y MCI si esta vendía su negocio de internet. Temía que la empresa resultante pudiera degradar el servicio de sus rivales. La red sin centro empezaba a tener dueños.

Y queda la brecha. Según la Unión Internacional de Telecomunicaciones, unos 2.200 millones de personas siguen sin conexión. En los países de renta alta usa internet el 94 % de la población; en los de renta baja, el 23 %.


Conclusiones

El balance es claro en lo grande y matizado en lo concreto. Una inversión pública modesta y paciente, mantenida durante casi treinta años, creó la infraestructura sobre la que hoy circula buena parte de la economía. Ganaron los investigadores, luego los proveedores privados y, sobre todo, los usuarios. Perdieron los monopolios que no supieron verla. Y los costes, de la vigilancia a la concentración, llegaron con el éxito.

La lección más incómoda es que el mito nuclear oculta lo que de verdad funcionó. No fue un plan militar, sino reglas abiertas, financiación sin prisa y una retirada pública bien organizada.

Patrones Aplicables Hoy

Patrón 1: lo que se diseña sin centro crece hacia usos que nadie planificó.

  • Qué pasó: ARPANET se construyó para compartir ordenadores. El correo electrónico, la interconexión de redes y, después, la web nacieron en los extremos, sin pedir permiso a nadie.
  • Por qué importa: una arquitectura abierta cede el control a cambio de crecimiento. Una cerrada protege el negocio, pero lo limita.
  • Dónde lo vemos: en noviembre de 2024 se cortaron dos cables submarinos en el Báltico. Las mediciones de RIPE, el registro europeo de direcciones de internet, mostraron más retraso, pero sin pérdida de datos. La red rodeó el daño, como hacía ARPANET.

Patrón 2: quien escribe las reglas de la transición decide quién captura el valor.

  • Qué pasó: la política de uso aceptable de NSFNET, la apertura comercial de 1992 y el apagado de 1995 fabricaron un mercado de proveedores privados. El antimonopolio de 1998 evitó que uno solo dominara.
  • Por qué importa: las infraestructuras públicas no se privatizan solas. El calendario y las condiciones son decisiones políticas con ganadores y perdedores.
  • Dónde lo vemos: en el reparto del espectro radioeléctrico y en las reglas de interconexión entre operadores.

Aplicación práctica:

  • Si eres estratega: ¿tu plataforma obliga a que todo pase por un centro que tú controlas, o deja que los usuarios innoven sin pedir permiso? ¿Qué perderías y qué ganarías abriéndola?
  • Si eres inversor: antes de valorar una infraestructura, pregunta quién fija sus reglas de acceso y cuándo pueden cambiar. ¿Hay una «política de uso aceptable» que hoy frena un mercado que mañana se abrirá?

Reflexión Final

AT&T tuvo la red de datos del futuro dos veces sobre la mesa y la rechazó. No le faltaban ingenieros: la idea no encajaba en un negocio construido sobre líneas reservadas. ARPANET prosperó porque la pagó alguien que no necesitaba rentabilizarla y la cedió con reglas pensadas para que nadie se la quedara entera.

  • Estratega: ¿qué propuesta estás rechazando hoy porque competiría contra tu propio negocio?
  • Inversor: ¿qué infraestructura financiada con dinero público está a punto de abrirse al mercado, y quién está escribiendo esas reglas?

La red que no se diseñó para la guerra sobrevivió a algo más difícil: a su propio éxito. La pregunta es si sabremos repetir sus reglas en las redes que vienen.


Fuentes Consultadas

Académicas, libros y documentos primarios

  1. Leiner, B. M.; Cerf, V. G.; Clark, D. D.; Kahn, R. E.; Kleinrock, L. et al. «A Brief History of the Internet». Internet Society. https://www.internetsociety.org/internet/history-internet/brief-history-internet/
  2. Baran, P. (1964). On Distributed Communications. RAND, RM-3420. https://www.rand.org/pubs/research_memoranda/RM3420.html
  3. Crocker, S. (1969). RFC 1, «Host Software». https://www.rfc-editor.org/rfc/rfc001
  4. Zakon, R. (1997). RFC 2235, «Hobbes’ Internet Timeline». https://datatracker.ietf.org/doc/html/rfc2235
  5. Greenstein, S. (2001). «Commercialization of the Internet: The Interaction of Public Policy and Private Choices». Innovation Policy and the Economy, vol. 1. NBER. https://www.nber.org/books-and-chapters/innovation-policy-and-economy-volume-1/commercialization-internet-interaction-public-policy-and-private-choices-or-why-introducing-market
  6. Harris, S. R.; Gerich, E. (1996). «Retiring the NSFNET Backbone Service: Chronicling the End of an Era». ConneXions, 10(4). https://www.merit.edu/wp-content/uploads/2019/06/Retiring-the-NSFNET-Backbone-Service_-Chronicling-the-End-of-an-Era-1.pdf

Instituciones y archivos

  1. Historia oral de Charles Herzfeld (2007). DARPA. https://www.esd.whs.mil/Portals/54/Documents/FOID/Reading%20Room/DARPA/15-F-0751_DARPA_Director_Charles_Herzfeld.pdf
  2. Computer History Museum. «Internet History of 1970s». https://www.computerhistory.org/internethistory/1970s/
  3. Kleinrock, L. (2019). «The First Message Transmission». ICANN. https://www.icann.org/en/blogs/details/the-first-message-transmission-29-10-2019-en
  4. Departamento de Justicia de EE. UU. (1998). Fusión de MCI y WorldCom. https://justice.gov/archive/atr/public/press_releases/1998/1829.htm
  5. UIT (2025). Facts and Figures 2025. https://www.itu.int/en/mediacentre/Pages/PR-2025-11-17-Facts-and-Figures.aspx
  6. Aben, E. (2024). «Does the Internet Route Around Damage? Baltic Sea Cable Cuts». RIPE Labs. https://labs.ripe.net/author/emileaben/does-the-internet-route-around-damage-baltic-sea-cable-cuts/

Periodísticas y divulgación

  1. Russell, A. L. (2013). «OSI: The Internet That Wasn’t». IEEE Spectrum. https://spectrum.ieee.org/computing/networks/osi-the-internet-that-wasnt
  2. Perry, T. S. (2023). «Vint Cerf on 3 Mistakes He Made in TCP/IP». IEEE Spectrum. https://spectrum.ieee.org/vint-cerf-mistakes
  3. NPR (2009). «40 Years Later, Looking Back at the Internet’s Birth». https://www.npr.org/transcripts/114376728
  4. Kalat, D. (2019). «Remembering the Dawn of Spam». BRG. https://www.thinkbrg.com/insights/publications/nervous-system-remembering-the-dawn-of-spam/
  5. Naughton, J. (2005). «Fumbling the Future». Memex 1.1. https://memex.naughtons.org/?p=1676

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